Edmundo de Amicis

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modo análogo le hizo decir c y d, manteniendo en todo

momento las manecitas sobre el pecho y la garganta.

—¿Ha comprendido usted ahora? —le preguntó.

El padre había comprendido; pero parecía más asom-

brado que cuando no entendía nada.

—¿Y así es como ustedes enseñan a hablar? —pre-

guntó después de un minuto de reflexión, mirando a la

profesora—. ¡Qué paciencia necesitan para enseñar de

este modo a todas estas criaturas, una por una! ¡Ustedes

son unas santas! ¡Unos ángeles del Paraíso! Nada de este

mundo puede recompensarles lo que están haciendo. ¿Qué

más tengo que decirle...? ¡Ah! ¿Me permite estar aunque

sólo sean cinco minutos a solas con mi hija?

Separándose de nosotros, tomaron asiento y el hom-

bre empezó a hacerle preguntas que la chica iba contes-

tando. Él se reía con los ojos humedecidos, pegándose

puñetazos en las rodillas; cogía las manos de su hija y se

quedaba mirándola, embelesado por la alegría que le daba

oírla, como si hubiese sido una voz bajada del cielo. Des-

pués preguntó a la profesora:

—¿.Podría dar las gracias al señor Director?

—El Director no está —le contestó—, pero hay aquí

otra personita a quien debe usted dar las gracias. Cada

niña pequeña está al cuidado de una compañera mayor,

que le hace de hermana, de madre. La suya está confiada

a una sordomuda de diecisiete años, hija de un panade-

ro, muy buena, y que la quiere mucho. Hace dos años que

le ayuda a vestirse, la peina, le enseña a coser, le arre-

gla la ropa y le hace compañía.

»—Luisa, ¿cómo se llama tu madre del colegio?

—Cata-lina Gior-dano —Luego dijo a su padre—: Mu-y

bu-e-na, mu-y bue-na.

El empleado, que había salido a una señal de la pro-

fesora, volvió casi en seguida con una sordomuda rubia,

283

robusta, de expresión alegre, vestida con un uniforme

idéntico al de Luisita. Se detuvo a la entrada y, poniéndo-

se bastante colorada, inclinó la cabeza, sonriendo. Aun-

que tenía el cuerpo de mujer ya formada, parecía una

niña.

La hija de Jorge corrió a su encuentro, la cogió del

brazo y la presentó a su padre, diciendo con su gruesa

voz:

—Cata-lina Gior-dano.

—¡Ah! ¡La muchacha extraordinaria! —exclamó el pa-

dre. Y alargó la mano como para hacerle una caricia, pero

en seguida la retiró, repitiendo—: ¡Magnífica muchacha,

que Dios te bendiga y te dé toda clase de consuelos y sa-

tisfacciones, que os haga felices a ti y a los tuyos! Así os

lo desean de todo corazón una buena muchacha, mi po-

brecita Luisa, y un agradecido padre de familia.

Catalina acariciaba a Luisita, teniendo ella la cabeza

baja y sonriéndose plácidamente. El jardinero la miraba

con la veneración que se siente ante una virgen.

—Hoy puede llevarse a su hija —dijo la profesora.

—¡Qué satisfacción más grande me proporciona! Me

la llevaré a Condove y la traeré mañana temprano —con-

testó el jardinero.

La chica, que había vuelto con una capita y un gorri-

to, entrelazó gustosamente su brazo con el del padre.

—Gracias a todos —dijo éste desde la puerta—. ¡Gra-

cias a todos con toda mi alma! Volveré a expresarle de

nuevo mi profundo reconocimiento.

Se quedó un momento pensativo; luego se desligó

bruscamente de su hija, volvió, rebuscando en el bolsillo

del chaleco, y exclamó:

—Aunque soy un pobre hombre, aquí dejo veinte li-

ras para el colegio, un hermoso y nuevo marengo de oro.

284

Y, dando un golpe sobre la mesa, dejó en ella la mo-

neda.

—No, no, de ninguna manera, buen hombre —dijo con-

movida la profesora—. Recoja su dinero. Yo no puedo

aceptarlo. Ya vendrá cuando esté el Director, aunque es

seguro que tampoco aceptará él nada. Le ha costado mu-

chos sudores ganarlo. Le quedamos, de todas formas, muy

agradecidos.

—¡Lo dejo! —repitió el jardinero—, y luego... ya ve-

remos.

Pero la profesora le puso la moneda en el bolsillo sin

darle tiempo de rechazarla.

Él se resignó, moviendo la cabeza; luego, tras enviar

un beso al aire a la profesora y otro a Catalina, volvió a

coger del brazo a su hija y salió rápidamente, diciendo:

—¡Ven con tu padre, hija mía, mudita mía, mi tesoro!

La chica le correspondió, diciendo con su profunda

voz: —¡Qué sol tan her-mo-so!

285

JUNIO

Garibaldi

Sábado, 3. Mañana es fiesta nacional

HOY ESTÁ de luto nuestra patria. Anoche falleció Garibal-

di. ¿Sabes quién era? El que liberó a diez millones de ita-

lianos de la tiranía de los Borbones. Ha muerto a los se-

tenta y cinco años de edad.

Había nacido en Niza, hijo de un capitán de barco.

Cuando tenía ocho años, salvó la vida a una mujer; a los

trece, libró del naufragio una barca repleta de compañe-

ros; a los veintisiete, sacó del agua, en Marsella, a un jo-

vencito que se ahogaba; a los cuarenta y uno, evitó el in-

cendio de un barco en alta mar. Luchó en América por la

libertad de un pueblo, que no era el suyo. Participó en tres

guerras contra los austríacos por la liberación de Lombar-

día y del Trentino; defendió Roma el año 1849 contra los

franceses; liberó Palermo y Nápoles en 1860; volvió a com-

batir por Roma en 1867; luchó en 1870 contra los alema-

nes en defensa de Francia. Tenía en su espíritu la llama

del heroísmo y el genio de la guerra. Entró en combate cua-

renta veces y salió victorioso en treinta y siete.

Cuando no luchaba con las armas, trabajaba para vi-

vir o se encerraba en una isla solitaria dedicándose a cul-

tivar la tierra.

Fue maestro, marinero, obrero, comerciante, soldado,

general y dictador. Un gran hombre sencillo y de buenos

sentimientos. Odiaba a todos los opresores; amaba a to-

dos los pueblos; protegía a los débiles; su única aspira-

ción era hacer el bien; rehusaba los honores, despreciaba

la muerte y adoraba Italia. Cuando lanzaba el grito de

guerra, legiones de valientes acudían a su lado desde to-

das partes: hubo señores que abandonaron sus lujosos pala-

cios, obreros que dejaron la fábrica o el taller, jóvenes que

interrumpieron los estudios para ir a combatir a sus ór-

denes. En la guerra usaba una camisa roja. Era rubio,

fuerte y apuesto. En los campos de batalla, un rayo; en

los sentimientos, un niño; en los sufrimientos, un santo.

Millares de italianos murieron por la patria, conside-

rándose dichosos al verlo pasar a lo lejos victorioso; mi-

llares se habrían dejado matar por él; millones lo han ben-

decido y lo bendecirán.

¡Ha muerto el gran héroe! El mundo entero lo llora.

Tú no puedes comprenderlo ahora; pero leerás sus haza-

ñas, oirás hablar de él continuamente en tu vida, y, con-

forme vayas creciendo, su imagen se agrandará ante ti;

cuando seas hombre, lo tendrás por gigante; y cuando ya

no estés en este mundo, ni vivan los hijos de tus hijos, toda-

vía verán las generaciones en alto su cabeza con la aureo-

la de redentor de los pueblos sojuzgados, coronada con los

nombres de sus victorias como círculo de estrellas, y a to-

dos los italianos les resplandecerán la frente y el alma al

pronunciar su nombre.

TU PADRE

287

El ejército

Domingo, 11. Fiesta nacional.

Retrasada siete días por la muerte de Garibaldi.

Fuimos a la plaza del Castillo para presenciar el des-

file de los soldados ante el Comandante del Cuerpo de

Ejército, en medio de dos grandes hileras de gente. Con-

forme iban desfilando al son de las cornetas y bandas de

música, me indicaba mi padre las unidades militares y

los gloriosos recuerdos de las distintas banderas.

Primeramente pasaron los alumnos oficiales de la aca-

demia militar, que luego serán oficiales de Ingenieros y

de Artillería, unos trescientos, con uniformes negros, muy

marciales y desenvueltos, como soldados y estudiantes.

Tras ellos desfiló la Infantería: la brigada de Aosta, que

luchó en Goito y en San Martino, y la de Bérgamo, que

se batió en Castelfidardo; cuatro regimientos, compañía

tras compañía, millares de penachos rojos, que parecían

otras tantas dobles guirnaldas de flores muy largas, co-

lor sangre, tendidas y agitadas por ambos extremos y lle-

vadas a través de la multitud.

Después de la Infantería avanzaron los soldados de

Ingenieros, los obreros de la guerra, con sus penachos

de crin negros y galones de color carmesí. Mientras des-

filaban, se veían avanzar tras ellos centenares de largas

plumas que sobresalían por encima de las cabezas de los

espectadores: eran los alpinos, los defensores de las fron-

teras de Italia, todos ellos altos, sonrosados y fuertes, con

sombreros calabreses y las divisas de color verde vivo,

como la hierba de sus montañas. Todavía desfilaban los

alpinos cuando la multitud se sintió estremecida ante la

aparición de los bersalleros, el antiguo duodécimo bata-

llón, los primeros que entraron en Roma por la brecha

de Porta Pía, morenos, marciales, vivarachos, con los pe-

288

nachos agitados por el viento; pasaron como oleada de

negro torrente, haciendo retumbar la plaza con agudos

toques de trompeta, que parecían gritos de alegría.

Pero su charanga quedó sofocada por un estrépito sor-

do y continuado, que anunciaba a la artillería de campa-

ña, pasando gallardamente sentados en los altos armones,

tirados por trescientas parejas de briosos caballos, los

valerosos soldados de cordones amarillos, y los largos

cañones de bronce y de acero, muy relucientes en sus li-

geros afustes, que saltaban y resonaban, haciendo tem-

blar el suelo. A continuación marchaba lenta, grave y be-

lla, con apariencia pesada y ruda, con sus altos soldados

y sus poderosos mulos, la artillería de montaña, que lle-

va la desolación y la muerte hasta donde llega la planta

humana.

Finalmente pasó al galope, con los cascos que brilla-

ban al sol, las lanzas derechas y las banderas desplega-

das, deslumbrantes de oro y plata, llenando el aire de

retintines y de relinchos, el apuesto regimiento de ca-

ballería de Génova, que cayó como un torbellino sobre

diez campos de batalla, desde Santa Lucía a Villafranca.

—¡Qué bonito es todo esto! —exclamé.

Pero mi padre casi me reprochó tal expresión, y me

dijo:

—No debes considerar al ejército como un bonito es-

pectáculo. Todos esos jóvenes, pletóricos de vida y de es-

peranzas, pueden ser llamados en cualquier momento

para defender al país y quedar muertos en pocas horas

por la metralla enemiga. Cada vez que oigas gritar con

motivo de una fiesta: «¡Viva el ejército!» «¡Viva Italia!»,

figúrate también los campos de batalla cubiertos de ca-

dáveres y anegados en sangre, pues entonces los vítores

al ejército te saldrán de lo más profundo del corazón y

te parecerá más severa y grandiosa la imagen de Italia.

289

Italia

Martes, 13

Saluda a la patria de este modo en los días de sus fies-

tas:

Italia, patria mía, noble y querida tierra donde mi pa-

dre y mi madre nacieron y serán enterrados, donde yo es-

pero vivir y morir, donde mis hijos crecerán y morirán;

bonita Italia, grande y gloriosa desde hace siglos, unida

y libre desde hace pocos años; que esparciste sobre el mun-

do tanta luz de divinas inteligencias, y por la cual tantos

valientes murieron en los campos de batalla y tantos hé-

roes en el patíbulo; madre augusta de trescientas ciuda-

des y de treinta millones de hijos; yo, niño, que todavía no

te comprendo y no te conozco por completo, te venero y te

amo con toda mi alma, y estoy orgulloso de haber nacido

de ti y de llamarme hijo tuyo. Amo tus mares espléndidos

y tus sublimes Alpes; amo tus monumentos solemnes y tus

memorias inmortales; amo tu gloria y tu belleza, te amo y

venero como a aquella parte preferida donde por vez pri-

mera vi el sol y oí tu nombre. Os amo a todas con el mis-

mo cariño, y con igual gratitud, valerosa Turín, Génova

soberbia, docta Bolonia, encantadora Venecia, poderosa

Milán; con la misma reverencia de hijo os amo, gentil Flo-

rencia y terrible Palermo, Nápoles inmensa y hermosa,

Roma maravillosa y eterna. ¡Te amo, sagrada patria! Y

te juro que querré siempre a todos tus hijos como a her-

manos; que honraré siempre en mi corazón a tus hombres

ilustres vivos y a tus grandes hombres muertos; que seré

ciudadano activo y honrado, atento tan sólo a ennoblecer-

me para hacerme digno de ti y cooperar con mis mínimas

fuerzas para que desaparezcan de tu faz la miseria, la

ignorancia, la injusticia, el delito; para que puedas vivir

y desarrollarte tranquila en la majestad de tu derecho y

290

de tu fuerza. Juro que te serviré en lo que pueda con la

inteligencia, con el brazo y con el corazón, humilde y va-

lerosamente; y que si llega un día en el que deba dar por

ti mi sangre y mi vida, daré mi vida y mi sangre y mori-

ré elevando al cielo tu santo nombre y enviando mi últi-

mo beso a tu bendita bandera.

TU PADRE

Un calor sofocante

Viernes, 16

En los cinco días transcurridos desde la celebración

de la fiesta nacional, ha ido aumentando el calor, subien-

do tres grados el termómetro. Puede decirse que ya es-

tamos en pleno verano. Todos empezamos a sentir can-

sancio y de las caras ha desaparecido el color sonrosado

que tenían durante la primavera; se adelgazan las pier-

nas y los cuellos, se tambalean las cabezas y se cierran

los párpados. El pobre Nelli, que nota mucho el calor y

está muy pálido, se queda algunas veces profundamente

dormido con la cabeza sobre el cuaderno; menos mal que

Garrone se ocupa de ponerle delante un libro abierto y

plantado, para que no le vea el maestro. Crossi apoya su

rubia cabeza en el banco, de forma que parece que está

separada del cuerpo. Nobis se queja de que somos mu-

chos en la clase y le viciamos el aire.

¡Qué fuerza hay que tener ahora para estudiar!

Cuando miro por las ventanas de mi casa la conforta-

ble sombra que proyectan los frondosos árboles, de bue-

na gana iría a recrearme en ella, y no a encerrarme en-

tre cuatro paredes con los bancos de la clase.

291

Pero luego siento nuevos ánimos, cuando mi buena

mamá, al volver yo de la escuela, me mira la cara para

ver si estoy o no pálido. Cuando me entrego al estudio y

a los quehaceres escolares y me pregunta si todavía me

siento con fuerzas, así como cuando me dice por las ma-

ñanas, al levantarme: «Resiste un poco más; sólo quedan

unos días de clase; después podrás descansar y solazar-

te a la sombra de los árboles», quiero armarme de valor

y esforzarme hasta el último día de escuela.

Tiene razón de sobra cuando me recuerda a mucha-

chos que trabajan en el campo bajo los abrasadores rayos

del sol, o en las blancas orillas de los ríos, que les ciegan

y queman, o en las fábricas de cristal, donde pasan el día

con la cara inclinada sobre una llama de gas, teniendo

que levantarse antes que nosotros y sin vacaciones.

¡Ánimo!

Derossi es también en esto el primero: no le arredra

el calor; la somnolencia no puede con él; se muestra en

todo instante tan campante y contento como en el invier-

no, sin haberse cuidado de cortarse el pelo para ir más

fresco; estudia con tesón y mantiene bien despiertos a

los que están cerca de él, como si con su voz refrescase

el ambiente.

Hay, asimismo, otros dos, siempre atentos y trabaja-

dores: el incansable Stardi, que se muerde los labios

para no dormirse y que cuanto más calor hace y más can-

sado está tanto más aprieta los dientes y abre los ojos,

como si quisiera comerse al maestro; y el «negociante»

Garoffi, ocupado en hacer abanicos de papel encarnado,

a los que pega figuritas sacadas de las cajas de cerillas,

que vende a dos céntimos cada uno.

Pero el mejor es Coretti, tiene que levantarse a las

cinco para ayudar a su padre en el trajín de la leña. En

clase, a las once, ya no puede tener los ojos abiertos y se

292

le dobla la cabeza sobre el pecho; sin embargo, se esfuer-

za por dominarse, se da palmadas en la nuca y pide per-

miso para salir con el fin de mojarse la cara; también dice

a los que tiene a su lado que no dejen de pellizcarle o dar-

le codazos si le ven cabecear. Con todo, esta mañana no

pudo resistir más y se quedó profundamente dormido.

El maestro le llamó con voz fuerte:

—¡Coretti!

Pero él no le oyó.

—¡Coretti! —repitió el maestro, irritado.

Entonces, el hijo del carbonero, que se sienta a su lado,

se levantó para decir:

—¡Es que ha estado trabajando desde las cinco de la

mañana, llevando haces de leña!

El maestro le dejó dormir, y continuó explicando la

lección media hora más. Luego se acercó al banco de Co-

retti, empezó a soplarle despacito en la cara y le desper-

tó. Al verse delante del maestro, tuvo un movimiento de

susto. Pero el maestro le cogió la cabeza entre las ma-

nos, le dio un beso y le dijo:

—No te reprendo, hijo mío. No te duermes por pere-

za, sino por cansancio.

Mi padre

Sábado, 17

Tus compañeros Coretti y Garrone no contestarían nun-

ca a su padre, hijo mío, como tú lo has hecho esta tarde

al tuyo.

¡Enrique! ¿Qué ha pasado? Debes jurarme que nunca

más volverá a ocurrir cosa semejante. Cuando te repren-

da tu padre y vaya a salir de tus labios una mala res-

293

puesta, piensa en el día que, irremisiblemente, tendrá que

llegar, en el que te llame a su cabecera para decirte:

—Te dejo, Enrique.

¡Oh, hijo mío! Cuando oigas su voz por última vez, y

también mucho después, al llorar a solas en la habitación

donde dio el último suspiro, en medio de los libros que ya

nunca abrirá, si entonces recuerdas haberle faltado algu-

na vez al respeto, también te preguntarás: «¿Cómo pudo

suceder tal cosa?» Comprenderás que fue siempre tu me-

jor amigo, que, cuando se veía obligado a reprenderte o

castigarte, sufría más que tú, no habiéndole guiado ja-

más otra cosa que tu bien. Entonces te arrepentirás y be-

sarás la mesa en la que tanto trabajó y sobre la que dejó

sus fuerzas en bien de sus hijos, y con el fin de que nada

nos faltara.

Ahora no te das cuenta de muchas cosas. Él oculta to-

das sus preocupaciones, excepto su bondad y su cariño.

No sabes que algunos días se encuentra tan cansado, que

cree que sólo le quedan pocas semanas de vida, y entonces

no cesa de hablar de ti, no siente más pesar que dejarte

sin protección, lamentando la posibilidad de que no lo-

gres situarte como él quiere en la vida; entonces encuen-

tra nuevos estímulos para proseguir su esfuerzo. Ni si-

quiera sabes que con frecuencia desea tu compañía por-

que tiene una amargura en el corazón y disgustos, como

todos los hombres de este mundo. Te busca como a un ami-

go para consolarse y olvidar. Se refugia en tu cariño para

recobrar la serenidad y nuevos ánimos.

Piensa, pues, lo doloroso que debe ser para él encon-

trar en ti frialdad y falta de afecto cuando va en busca del

cariño filial. ¡No te manches jamás con la negra ingrati-

tud! No olvides que, aun en el caso de que tuvieses la bon-

dad de un santo, no podrías compensarle lo suficiente por

lo que ha hecho y continúa haciendo por ti. Piensa, asi-

294

mismo, que nadie tiene la vida asegurada, y que una des-

gracia inesperada podría arrebatarte a tu padre, del que

tanta necesidad tienes, dentro de dos años, de tres meses

o mañana mismo. ¡Cómo verías cambiar entonces, hijo

mío, todo cuanto te rodea, lo vacía, triste y desolada que te

parecería esta casa, con tu pobre madre vestida de luto!

Anda, Enrique, vete al despacho en donde está trabajan-

do tu padre; ve de puntillas, para que le pase inadverti-

da tu entrada, pon tu frente en sus rodillas y dile que te

perdone y te bendiga.

TU MADRE

En el campo

Lunes, 19

Mi buen padre me perdonó una vez más, y me dio per-

miso para ir a la excursión que habíamos proyectado ha-

cer el miércoles con el padre de Coretti, el vendedor de

leña. Todos teníamos necesidad de respirar el aire de la

colina.

Fue un placer. Ayer, a las dos de la tarde, nos reuni-

mos en la plaza de la Constitución: Derossi, Garrone,

Garoffi, Precossi, padre e hijo, y yo, con nuestras res-

pectivas provisiones de fruta, salchichas y huevos duros;

también llevábamos cantimploras y vasitos de hojalata.

Garrone llevaba una calabaza con vino blanco; Coretti,

la cantimplora de soldado de su padre, llena de vino tin-

to, y el pequeño Precossi, con su inseparable blusa de

herrero, tenía bajo el brazo una hogaza de pan de dos kilos.

Fuimos en autobús hasta la Gran Madre de Dios, y

luego, rápidamente, a pie por las colinas. Era una deli-

cia disfrutar de tanto verdor, de sombra y frescura... Nos

295

revolcábamos sobre la hierba, metíamos la cara en los

arroyuelos y saltábamos por los vericuetos. Coretti pa-

dre nos seguía a gran distancia, con la chaqueta al hom-

bro, fumando en su pipa, y de vez en cuando nos hacía

señas con las manos para que tuviésemos cuidado y no

nos rasgásemos los pantalones. Precossi silbaba; nunca

le había oído silbar, y menos de tal manera. Coretti hijo

hacía de todo por el camino; es un artista con su navajita

de un dedo de larga; sabe hacer ruedecitas de molino,

tenedores, barquitos... No sé cómo se las arregla; ade-

más, quería ayudar a llevar cosas de otros; tan cargado

iba, que sudaba de lo lindo, pero no se quedaba atrás.

Derossi se detenía a cada instante para decirnos los nom-

bres de las plantas y de los insectos que encontrábamos

a nuestro paso; no me explico cómo sabe tanto. Garrone,

no podía ser de otra forma, no paraba de comer, pero ca-

minaba en silencio; desde la muerte de su madre no pare-

ce el mismo, y ya no muestra la misma fruición de antes

al mordisquear el pan. Pero continúa siendo tan bueno

como siempre. Cuando alguno de nosotros tomábamos

carrerilla para saltar un obstáculo, él se situaba al otro

lado para tendernos las manos, y como quiera que a Pre-

cossi le daban miedo las vacas, porque de pequeño le ha-

bía embestido una, Garrone se le ponía delante para pro-

tegerlo.

Subimos hasta Santa Margarita, y luego bajamos por

la pendiente, dando saltos y echándonos a rodar. Precossi

se enredó en una aliaga, se hizo un rasgón en la blusa y

se quedó avergonzado con su jirón colgando; pero Garoffi,

que siempre lleva alfileres en la chaqueta, se lo arregló

de manera que casi no se advertía, mientras él no cesaba

de decirle:

—¡Perdona, perdóname!

296

Garoffi no perdía el tiempo, mientras tanto: cogía

hierbas para la ensalada, caracoles y cuantas piedreci-

tas relucían algo; se las guardaba en el bolsillo, pensan-

do que quizás fuesen de oro o de plata.

Corríamos, saltábamos y nos echábamos a rodar, tre-

pábamos a la sombra y al sol por todas las elevaciones y

senderos, hasta que llegamos sin podernos tener de pie

a lo más alto de una colina, donde nos sentamos o tum-

bamos sobre la hierba para merendar.

Desde allí se divisaba una llanura inmensa, viéndose

al fondo los Alpes azulados, con sus cimas siempre blan-

cas.

Teníamos un hambre atroz y el pan desaparecía como

por encanto. Coretti padre nos daba lonchas de salchi-

chón en hojas de calabaza. Empezamos a hablar de todo:

de los maestros, de los compañeros que no habían podi-

do participar en la excursión y de los exámenes. Precossi

se avergonzaba algo de comer en presencia de los demás,

y Garrone le ponía en la boca lo mejor de su fiambrera,

haciéndoselo comer a la fuerza. Coretti estaba sentado

junto a su padre, con las piernas cruzadas; más parecían

dos hermanos que padre e hijo, viéndolos tan cerca al uno

del otro, ambos con buen color, sonrientes y con los dien-

tes blancos... El padre comía con gusto y apuraba los va-

sos que dejábamos a medias, diciéndonos:

—A los que estudiáis seguramente os hace daño el

vino, pero los vendedores de leña lo necesitamos —Lue-

go cogía por la nariz al hijo, lo zarandeaba y decía—: Mu-

chachos, quered mucho a éste, que es un buen chico; ¡os

lo digo yo!

Y todos reíamos, a excepción de Garrone.

—¡Qué lástima! —añadió—. Ahora estáis todos voso-

tros reunidos aquí, como buenos camaradas; pero den-

tro de unos años Enrique y Derossi serán, probablemen-

297

te, abogados o profesores, u otra cosa por el estilo, y los

otros trabajaréis en un comercio o en un oficio o Dios sabe

en qué. Y entonces, ¡adiós compañerismo!

—¿Qué dice usted? —se apresuró a decir Derossi—.

Para mí Garrone será siempre Garrone; Precossi, siem-

pre Precossi, y los demás lo mismo, aunque llegase a em-

perador de Rusia. Donde estén ellos, iré yo.

—¡Bendito seas! —exclamó Coretti padre alzando la

cantimplora—. ¡Así se habla, qué caramba! ¡Venga esa

mano! ¡Vivan los buenos compañeros y viva también la

escuela, que hace una sola familia de los que tienen y de

los que no tienen bienes!

Todos tocamos con nuestros vasos su cantimplora y

echamos el último trago. Se puso de pie, apurando la úl-

tima gota, y luego gritó:

—¡Viva el Regimiento del cuarenta y nueve! Si algu-

na vez tuvieseis vosotros que luchar, a ver si os mante-

néis tan firmes como estuvimos nosotros, muchachos.

Ya era bastante tarde, y emprendimos el camino de

regreso cantando y correteando. A trechos íbamos con

los brazos entrelazados. Llegamos al Po cuando empeza-

ba a oscurecer y cruzaban el aire millares de pequeñas

mariposas. Nos separamos en la plaza de la Constitución,

después de haber acordado reunirnos todos de nuevo el

domingo para ir al teatro Víctor Manuel a presenciar el

reparto de premios a los alumnos de las escuelas noc-

turnas.

¡Qué día más delicioso pasamos! ¡Con qué muestras

de contento habría entrado en mi casa de no haberme cru-

zado con mi pobrecita antigua maestra en la escalera,

cuando se marchaba! Como la escalera estaba a oscuras,

al principio no me reconoció; pero luego me tomó ambas

manos y me dijo al oído:

—¡Adiós, Enrique; acuérdate de mí!

298

Me di cuenta que lloraba. Subí y se lo dije a mi ma-

dre, la cual me respondió:

—Va a meterse en cama. —Después dijo con tristeza

y mirándome fijamente—: Tu pobre maestra... está muy

mal.


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