Edmundo de Amicis

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ve, una hernia estrangulada. Hacía quince días que no se

levantaba de la cama, y era preciso intervenirla quirúrgica-

mente para salvarle la vida. En aquel mismo instante, mien-

tras la invocaba su Marco, estaban junto a su cama los

señores de la casa queriéndola convencer, con mucha dul-

zura, para que se dejase operar; mas ella persistía en su

terca negativa y no dejaba un instante de llorar.

Ya había ido la semana anterior, a tal efecto, un pres-

tigioso cirujano de Tucumán, pero inútilmente.

—No, queridos señores —decía ella—, no merece la pena;

no tengo fuerzas para resistir y moriría en la operación. Es

mejor que me dejen. Ya no tengo apego a la vida. Para mí

todo se acabó. Prefiero morir a saber lo que ha ocurrido a

mi familia.

Los señores se oponían, le decían que tuviese valor, que

las últimas cartas enviadas directamente a Génova tendrían

respuesta, que se dejase operar, que lo hiciera por sus hi-

jos.

Pero el recuerdo de sus hijos aumentaba todavía más la

angustia y el profundo desaliento, que la tenía deprimida

desde hacía mucho tiempo. Al oír aquellas palabras le sal-

taban las lágrimas.

—¡Ah, mis hijos! ¡Mis queridos hijos! —exclamaba jun-

tando las manos—. ¡Tal vez hayan muerto! ¡Más vale que

muera yo también! De todas formas les quedo muy agra-

decida, queridos señores. Es inútil que vuelva el doctor pa-

sado mañana. Quiero morir aquí. Ése es mi destino. Ya lo he

decidido.

Los señores, sin cesar de consolarla, le repetían:

—No diga eso, buena mujer —y le cogían la mano para

hacerle mayor presión.

Pero ella cerraba entonces los ojos, agotada y caía en

un sopor como muerta.

Los dueños permanecían a su lado algún tiempo y, al

mirarla a la luz mortecina de una lamparilla, sentían gran com-

pasión de aquella madre admirable que por el bien de su

familia había ido a morir a seis mil leguas de su patria, tras

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haber penado tanto. ¡Pobre mujer, tan honesta, buena y

desgraciada!

Al día siguiente, muy de mañana, encorvado y medio

tambaleándose, con su bolsa a cuestas, pero sumamente

animoso, entraba Marco en la ciudad de Tucumán, una de

las más suaves y florecientes de la república Argentina. Le

pareció que volvía a ver Córdoba, Rosario y Buenos Aires,

puesto que contemplaba análogas calles largas y rectas con

las mismas casas blancas y bajas; pero por todas partes

aparecía una nueva y magnífica vegetación, notándose un

aire perfumado, una luz maravillosa, un cielo transparente y

azul como él jamás había visto, ni siquiera en Italia.

Yendo adelante por las calles, advirtió la febril agitación

que había presenciado en Buenos Aires. Miraba las venta-

nas y las puertas de todas las casas; se fijaba en todas las

mujeres que pasaban con anhelante esperanza de ver a su

madre, y de buena gana habría preguntado a todos, pero

no se atrevía a parar a nadie. Cuantos se cruzaban con él

se volvían para ver a aquel muchacho harapiento y lleno de

polvo, que daba señales de venir de muy lejos. Él buscaba

entre la gente una cara que le inspirase confianza para di-

rigirle la tremenda pregunta, cuando se ofreció ante sus

ojos el rótulo de una tienda con nombre italiano. Se aproxi-

mó pausadamente a la puerta y con ánimo resuelto dijo:

—¿Podrían decirme dónde vive la familia Mequinez?

—¿Los señores Mequinez? —repitió el tendero.

—Sí, sí, la casa del ingeniero señor Mequinez —respon-

dió el muchacho con un hilo de voz.

—La familia Mequinez —dijo el comerciante —no está

en Tucumán.

Un grito de desaliento, como el de una persona herida

por puñalada, fue como el eco de aquellas palabras.

Acudieron el tendero y algunas mujeres que se encon-

traban en el establecimiento.

—¿Qué te pasa, muchacho? —le preguntó el tendero

haciéndole sentar—. ¡No hay que desesperarse, qué dia-

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blos! Los Mequinez no están aquí, pero viven cerca, a po-

cas horas de Tucumán.

—¿Dónde? ¿Dónde? —gritó Marco, poniéndose de pie

como movido por un resorte.

—A unas quince leguas de aquí —continuó el hombre—,

a orillas del Saladillo, en un lugar donde están construyendo

una gran fábrica de azúcar. Entre otras, está la casa del

señor Mequinez, que todos conocen. Te será fácil llegar allí.

—Yo estuve hace un mes —dijo un joven que había acu-

dido al oír el grito.

Marco abrió desmesuradamente los ojos, miró al joven y

preguntó atropelladamente, palideciendo:

—¿Vio usted allí a la sirvienta del señor Mequinez, a la

italiana?

—¿La genovesa? Sí, la vi.

Marcó prorrumpió en un sollozo convulso, riendo y llo-

rando a la vez. Luego, impulsado por violenta resolución,

preguntó:

—¿Por dónde se va? ¡Pronto! ¡Enséñenme el camino!

¡Me voy en seguida!

—Pero si hay una jornada larga —le contestaron— y es-

tás muy cansado... Debes descansar. ¡Déjalo para mañana!

—¡Imposible! ¡Imposible! —repuso Marco—. Díganme por

dónde se va, no puedo esperar ni un minuto más; me voy

en seguida, ¡aunque me caiga muerto por el camino!

Viéndole tan decidido, no se opusieron.

—¡Que Dios te acompañe! —le dijeron—. Ten cuidado

por el camino del bosque. ¡Feliz viaje, italianito!

Un hombre lo acompañó hasta las afueras de la pobla-

ción, le indicó el camino que debía seguir, le dio algunos

consejos y se quedó mirándole cómo se alejaba.

El muchacho desapareció al cabo de unos minutos, co-

jeando, con el bulto de ropa a la espalda, por detrás de los

espesos árboles que bordeaban la carretera.

Aquella noche fue atroz para la pobre enferma. Sentía

agudos dolores que le arrancaban gritos capaces de romper

las venas, y pasaba por momentos de delirio. Las mujeres

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que la asistían no sabían qué hacer. La dueña acudía de

vez en cuando, muy desconsolada. Todos empezaron a

temer que, aun en el caso de acceder a que la operaran,

como el cirujano no iría hasta la mañana siguiente, segura-

mente llegaría demasiado tarde. Pero en los momentos de

lucidez, se comprendía que su mayor tormento no lo cons-

tituían los dolores físicos, sino el pensamiento de su lejana

familia. Moribunda, deshecha, con la mirada extraviada, se

metía los dedos entre el pelo con actitud de desesperación

que partía el alma, y gritaba:

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Morir tan lejos, sin verlos! ¡Po-

bres hijos míos, que se quedan sin madre, mis pobres cria-

turas, sangre de mi sangre! ¡Mi Marco, todavía pequeño,

tan bueno y cariñoso! ¡Ustedes no pueden figurarse cómo

es! ¡Si usted lo conociera, señora...! Cuando salí de casa,

no podía despegármelo del cuello; sollozaba de una manera

desgarradora. Parecía que sospechaba que ya no volvería

a verme. ¡Pobre criatura mía! ¡Ojalá hubiese muerto de re-

pente entonces, cuando me estaba despidiendo! ¡Huérfano

de madre mi hijito, que tanto me quiere, que aún me nece-

sita! Sin su madre caerá en la miseria, y tendrá que ir pi-

diendo limosna para acallar el hambre...

»¡Dios eterno! ¡No, no lo permitáis! ¡No quiero morir! ¡El

médico! ¡Que venga en seguida! ¡Llámenle, por favor! ¡Que

venga y me abra por donde quiera, con tal de que me sal-

ve la vida! ¡El médico! ¡Socorro!

Las mujeres le sujetaban las manos, la tranquilizaban a

fuerza de ruegos. Al hacerla volver en sí, le hablaban de

Dios y de la esperanza que todos debemos poner en Él. En-

tonces la enferma recaía en un abatimiento mortal, lloraba

mesándose los grises cabellos, gemía como una niña, lan-

zando lamentos continuados y murmurando a intervalos:

—¡Oh Génova mía! ¡Mi casa! ¡Aquel mar...! ¡Oh mi Mar-

co, mi querido Marco! ¿Dónde estará ahora la pobre criatura?

Era medianoche, y Marco, después de haber pasado mu-

chas horas al borde de un foso, completamente extenuado,

marchaba a través de una floresta de árboles gigantescos,

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monstruos de la vegetación, de troncos desmesurados, se-

mejantes a columnas de catedrales, que a una altura incon-

cebible entrelazaban sus enormes copas plateadas por la

luna. En aquella semioscuridad veía vagamente millares de

troncos de todas formas, rectos e inclinados, retorcidos,

interpuestos en extrañas actitudes de amenaza y de lucha;

por el suelo había algunos derribados, como torres caídas de

una vez, cubiertos de una vegetación exuberante y confu-

sa, que parecía una multitud furiosa, disputándose el espa-

cio palmo a palmo; otros formaban grupos verticales y apre-

tados como haces de lanzas titánicas, cuyas puntas se ocul-

taban en las nubes; una grandiosidad soberbia; un desorden

prodigioso de formas colosales, el espectáculo más majes-

tuosamente terrible que jamás le había ofrecido la natura-

leza vegetal, propio de la selva virgen.

En ciertos momentos le sobrecogía un gran estupor, pero

pronto volaba con el pensamiento hacia su madre. Estaba

agotado, con los pies ensangrentados, solo en aquella impo-

tente selva, donde únicamente veía a largos intervalos pe-

queñas viviendas humanas, que al pie de aquellos majestuo-

sos árboles parecían nidos de hormigas, y algún que otro bú-

falo dormido en el camino. Se encontraba rendido de cansan-

cio y solo, mas no por eso tenía miedo. La grandeza de la

selva virgen elevaba su alma; la proximidad de su madre le

comunicaba la fuerza y el atrevimiento de un hombre; el re-

cuerdo del océano, de los desalientos y de las penalidades pa-

sadas y superadas, las prolongadas fatigas y la férrea cons-

tancia de que había dado pruebas le hacían erguir la frente;

todo el torrente de su fuerte y noble sangre genovesa afluía

a su corazón en ardiente oleada de orgullo y de audacia.

Una nueva sensación advertía en él: hasta entonces

había llevado en la mente una imagen de su madre oscure-

cida y confusa un tanto por los dos años de ausencia, mas

en aquellos instantes adquiría más claridad y tenía rasgos

mejor definidos; volvía a ver su cara entera y propia como

hacía mucho tiempo no la había contemplado; la percibía

muy cerca, iluminada y como hablándole; volvía a ver los

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movimientos más insignificantes de sus ojos y de sus labios,

todas sus actitudes, sus gestos y las sombras de sus pen-

samientos; sostenido por tan acuciantes recuerdos, apre-

taba el paso, y un nuevo cariño, una indecible ternura iba

creciendo en su corazón, que le hacía correr por sus meji-

llas dulces y sosegadas lágrimas. Conforme iba andando en

medio de la oscuridad, le hablaba diciéndole las palabras

que pronto le murmuraría al oído: «¡Aquí estoy, madre mía;

aquí me tienes; ya no me apartaré de ti; volveremos los

dos a casa y estaré siempre a tu lado, pegado a ti, sin que

nadie nos separe nunca, mientras vivas!» Entretanto no se

daba cuenta de que iba desapareciendo de la copa de los

gigantescos árboles la plateada luz de la luna para dejar

paso a la rosada aurora que ya aparecía por los balcones

del oriente.

A las ocho de aquella mañana estaba junto al lecho de

la enferma el cirujano de Tucumán, joven argentino, en com-

pañía de un practicante, para intentar por última vez con-

vencerla de que le permitiera operarla. A sus requerimientos

se unían los del ingeniero Mequinez y su esposa. Pero todo

resultaba inútil, puesto que la mujer, sintiéndose sin fuer-

zas, no tenía confianza en el buen resultado de la interven-

ción quirúrgica. Estaba segura de que moriría durante ella o

que sólo sobreviviría unas cuantas horas después de haber

sufrido inútilmente unos dolores más atroces de los que le

produciría la muerte natural.

El doctor no cesaba de repetirle:

—Mire, señora, el resultado de la operación es seguro y

cierta su curación con tal que se arme de un poco de valor.

Si se niega, morirá indefectiblemente.

A pesar de todo, resultaban palabras inútiles.

—No —respondía con su débil voz—; tengo valor para

morir, pero no para sufrir en vano. Gracias, doctor. Ése es

mi destino. Déjeme morir en paz.

El cirujano desistió de su empeño y nadie dijo más a la

enferma, la cual, dirigiéndose a su dueña, le hizo con voz

moribunda los últimos ruegos.

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—Mi querida y buena señora —dijo esforzándose mucho y

entre sollozos—, le pido que haga el favor de enviar a mi fa-

milia, por medio del señor Cónsul, el poco dinero y la ropa que

poseo. Supongo que todos vivirán. Mi corazón lo presiente en

estos últimos momentos. Tenga la bondad de escribir... que

siempre he pensado en ellos, que he trabajado por ellos... por

mis hijos... y que mi única pena es no volver a verlos..., pero

que he muerto con buen ánimo... resignada... bendiciéndolos;

y que a mi marido... y a mi hijo mayor... les recomiendo que

velen por el más pequeño, mi pobrecito Marco... a quien he

tenido presente en mi corazón... hasta el último momento...

—Poseída de repentina exaltación, exclamó, juntando las

manos: —¡Mi Marco! ¡Mi niño! ¡Mi vida!...

Pero al girar sus ojos anegados en lágrimas, ya no vio a

la señora; alguien la había llamado por señas sin que la pa-

ciente lo advirtiera. Buscó al ingeniero, y también había

desaparecido. Solamente estaban en la habitación las dos

enfermeras y el ayudante del médico.

En la habitación contigua se oían pasos acelerados, pa-

labras entrecortadas y exclamaciones contenidas.

La enferma miró hacia la puerta con ojos velados en

actitud expectante. Al cabo de unos minutos vio aparecer

al cirujano con expresión extraña, y luego a sus señores

también visiblemente alterados. Los tres la miraron de modo

singular y se intercambiaron unas palabras en voz baja. Pare-

cióle que el doctor decía a la señora:

—Es mejor en seguida.

La enferma no comprendía.

—Josefa —le dijo la señora con voz temblorosa—, tengo

que darle una buena noticia. Prepárese a recibirla.

La mujer le miró con extremada atención.

—Es una noticia —prosiguió diciendo la señora— que le

causará mucha alegría.

La enferma abrió desmesuradamente los ojos.

—Dispóngase —añadió— a ver a una persona... a la que

quiere muchísimo.

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La mujer levantó la cabeza con vigoroso impulso y em-

pezó a mirar ora a la señora, ora hacia la puerta, con ojos

fulgurantes.

—Es una persona —añadió la señora, palideciendo— que

acaba de llegar inesperadamente.

—¿Quién es? —preguntó la enferma con voz quebrada

y extraña, como de persona asustada.

Un instante después lanzó un grito agudísimo, intentan-

do sentarse en la cama; pero tuvo que permanecer inmóvil,

con los ojos desencajados y las manos en las sienes, cual

si se tratase de una aparición sobrenatural.

Marco, extenuado y cubierto de polvo, estaba de pie en

la puerta. El doctor le sujetaba por un brazo.

La mujer gritó:

—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!

Marco se acercó, ella extendió sus descarnados brazos

y, estrechándolo contra su pecho con la fuerza de una tigre-

sa, comenzó a reír a carcajadas, mezclando la risa con pro-

fundos sollozos sin lágrimas, que le hicieron caer casi sin

aliento en la almohada.

Pero pronto se repuso y gritó loca de alegría, cubriendo

de besos la cabeza de su hijo:

—¿Cómo estás aquí? ¿Por qué? ¿Pero eres tú? ¡Cuánto

has crecido! ¿Quién te ha traído? ¿Has venido tú solo? ¿Te

encuentras bien? ¡Eres tú mi Marco, no estoy soñando! ¡Dios

mío! ¡Háblame! ¡Dime algo!

Luego, cambiando repentinamente de tono, añadió:

—¡No! ¡Todavía no! ¡No me digas nada! ¡Espera un poco!

Acto seguido, dirigiéndose al cirujano, exclamó:

—¡Pronto, señor doctor! ¡Quiero curarme! ¡Estoy dis-

puesta! No pierda un instante. Llévense a mi hijo para que

no sufra. Esto no es nada, ¿sabes, Marco? Ya me lo contarás

todo. Otro beso, hijo. Ahora vete. ¡Aquí me tiene, doctor!

Sacaron a Marco de la habitación y salieron de ella apre-

suradamente los señores y las mujeres, quedándose única-

mente el cirujano y su ayudante, que cerraron la puerta.

272

El señor Mequinez trató de llevarse a Marco a una ha-

bitación alejada; pero le fue imposible, pues parecía que le

habían clavado en el pavimento.

—¿Qué es? —preguntó—. ¿Qué tiene mi madre? ¿Qué le

están haciendo?

El ingeniero le respondió muy bajito, intentando sacarlo

de allí:

—Mira, escucha; tu madre está enferma y hay que ha-

cerle una operación sencilla. Te lo explicaré todo. Ahora ven-

te conmigo.

—No, señor —respondió el muchacho con obstinación—.

Quiero quedarme aquí. Dígame aquí lo que quiera.

El ingeniero amontonaba palabras sobre palabras, tra-

tando de llevárselo, y el chico empezaba a asustarse y a

temblar.

De pronto resonó por toda la casa un grito muy agudo,

como el de un herido mortalmente.

El muchacho replicó con grito desesperado.

—¡Mi madre ha muerto!

El médico apareció en la puerta y dijo:

—Tu madre se ha salvado.

El chico le miró un momento y luego se arrojó a sus pies,

sollozando:

—¡Gracias, doctor!

Pero el joven cirujano le mandó alzarse, diciéndole:

—¡Levántate!... ¡Tú eres, heroico niño, quien ha salva-

do a tu madre!

Verano

Miércoles, 24

Marco el genovés es el penúltimo pequeño héroe que

conoceremos este año; sólo queda otro para el mes de ju-

nio. Faltan dos exámenes mensuales, veintiséis días de

clase, seis jueves y cinco domingos. Se percibe ya el aire

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de fin de curso. Los árboles del jardín, cubiertos de ho-

jas y flores, dan sombra sobre los aparatos de gimnasia.

Los alumnos van vestidos de verano. Da gusto presen-

ciar la salida de clase: ¡qué distinto de los meses pasa-

dos! Las cabelleras que llegaban hasta los hombros han

desaparecido; todos se han cortado el pelo; se ven cue-

llos y piernas desnudos, sombreros de paja de todas for-

mas, con cintas que cuelgan sobre las espaldas; camisas

y corbatas de todos colores; los más pequeñitos siempre

llevan algo rojo o azul, alguna cinta, un ribete, una borla,

o un remiendo de color vivo, cosido por la madre, para

que haga bonito a la vista, hasta los más pobres; muchos

vienen a la escuela sin sombrero, como si se hubieran

escapado de casa. Otros llevan el traje claro de gimna-

sia. Hay un muchacho de la clase de la maestra Delcati

que va vestido de rojo de pies a cabeza, como un cangre-

jo cocido. Varios llevan trajes de marinero.

Pero el más divertido es el albañilito, que lleva un

sombrerote de paja tan grande, que parece una media

vela con su palmatoria, y como siempre, no es posible

contener la risa al verle poner el hocico de liebre bajo su

sombrero.

Coretti también ha dejado su gorra de piel de gato, y

lleva una gorrilla de viaje de seda gris. Votini tiene una

especie de traje escocés, y, como siempre, muy atildado.

Crossi va enseñando el pecho desnudo. Precossi desapa-

rece bajo los pliegues de una blusa azul turquí de herre-

ro. ¿Y Garoffi? Ahora que ha tenido que dejar el capotón

bajo el cual escondía su comercio, le quedan al descubier-

to todos sus bolsillos, repletos de toda clase de baratijas,

y le asoman las puntas de los números de sus rifas.

Ahora todos dejan ver bien lo que llevan: abanicos he-

chos con medio periódico, pedazos de caña, flechas para

disparar contra los pájaros, hierba y otras cosas que aso-

274

man por los bolsillos y van cayéndose poco a poco de las

chaquetas. Muchos chiquitines traen ramitos de flores

para las maestras. También éstas van vestidas de vera-

no, con colores alegres, a excepción de la monjita, que

siempre va de negro, y la maestrita de la pluma roja, que

la lleva siempre, y un lazo color rosa al cuello, entera-

mente ajado por las manecitas de sus alumnos, que siem-

pre la hacen reír y correr tras ellos.

Es la estación de las cerezas, de las mariposas, de la

música por las calles y de los paseos por el campo; mu-

chos de cuarto se escapan a bañarse en el Po; todos sue-

ñan con las vacaciones, cada día salimos de la escuela

más impacientes y contentos que el día anterior. Sólo

me da pena ver a Garrone de luto y a mi pobre maestra

de primer año, que cada vez está más consumida, más pá-

lida, y tosiendo con más fuerza. ¡Camina enteramente

encorvada, y me saluda con una expresión tan triste!...

Poesía

Viernes, 26

Comienzas a entender la poesía de la escuela, Enri-

que; pero por ahora no ves la escuela más que por dentro:

te parecerá mucho más hermosa y poética dentro de trein-

ta años, cuando vengas a acompañar a tus hijos y la veas

por fuera como yo la veo. Esperando la hora de salida,

voy y vuelvo por las calles silenciosas que hay en derre-

dor del edificio, y acerco mi oído a las ventanas de la planta

baja, cerradas con persianas. En una ventana oigo la voz

de una maestra que dice:

—¡Eh! ¡El rasgo de la t no está bien, hijo mío! ¿Qué di-

ría de él tu padre?...

275

En la ventana siguiente se oye la gruesa voz de un

maestro que dicta con lentitud:

—Compró cincuenta metros de tela... a cuatro liras cin-

cuenta centavos el metro..., los volvió a vender...

Más allá, la maestrita de la pluma roja lee en alta

voz:

—Entonces, Pedro Micca, con la mecha encendida...

De la clase cercana sale como un gorjeo de cien pája-

ros, lo cual quiere decir que el maestro ha salido fuera un

momento. Voy más adelante, y a la vuelta de la esquina

oigo que llora un alumno, y la voz de la maestra que lo re-

prende y consuela. Por otras ventanas llegan a mis oídos

versos, nombres de grandes hombres, fragmentos de senten-

cias que aconsejan la virtud, el amor a la patria, el valor.

Siguen después instantes de silencio, en los cuales se di-

ría que el edificio estaba vacío; parece imposible que allí

dentro haya setecientos muchachos; de pronto se oyen es-

trepitosas risas, provocadas por una broma de algún maes-

tro de buen humor... La gente que pasa se detiene a escu-

char, y todos vuelven una mirada de simpatía hacia aquel

hermoso edificio que encierra tanta juventud y tantas es-

peranzas.

Se oye luego de repente un ruido sordo, un golpear de

libros y de carteles, un roce de pisadas, un zumbido que

se propaga de clase en clase, y de arriba a abajo, como al

difundirse de improviso una buena noticia: es el bedel que

va a anunciar la hora. A este murmullo, una multitud de

mujeres, hombres, chicas y chicos se aprieta a uno y otro

lado de la salida para esperar a los hijos, a los herma-

nos, a los nietecillos; entretanto, de las puertas de las cla-

ses se deslizan en el salón de espera, como a borbotones,

grupos de muchachos pequeños, que van a recoger sus ca-

potitos y sombreros, haciendo con ellos revoltijos en el sue-

lo, y brincando alrededor, hasta que el bedel los vuelve a

276

hacer entrar uno por uno en clase. Finalmente, salen en

largas filas y marcando el paso. Entonces comienza de

parte de los padres una lluvia de preguntas: «¿Has sabi-

do la lección? ¿Cuánto trabajo te ha puesto? ¿Qué tenéis

para mañana? ¿Cuándo es el examen mensual?»

Y hasta las pobres madres que no saben leer abren

los cuadernos mirando los problemas y preguntan las no-

tas que han tenido. «¿Solamente ocho? ¿Diez, sobresalien-

te? ¿Nueve, de lección?» Y se inquietan, y se alegran, y pre-

guntan a los maestros, y hablan de programas y de exá-

menes. ¡Qué hermoso es todo esto; cuán grande y qué in-

mensa promesa para el mundo!

TU PADRE

La sordomuda

Domingo, 28

No podía terminar mejor el mes de mayo que con la

visita de esta mañana.

Oímos la campanilla y todos corrimos a la puerta.

De pronto oigo decir a mi padre en tono de extrañeza:

—¿Tú por aquí, Jorge?

Era nuestro jardinero de Chieri, que ahora tiene a la

familia en Condove y acababa de llegar de Génova, don-

de había desembarcado el día anterior, de regreso de Gre-

cia, después de trabajar tres años en las vías del ferroca-

rril. Traía un voluminoso fardo. Está algo más envejecido,

pero conserva como siempre buen color y no ha perdido

su acostumbrada jovialidad.

Mi padre le invitó a entrar, mas él no quiso y pregun-

tó, poniéndose serio:

—¿Cómo está mi familia? ¿Y Luisita?

277

—Hasta hace unos días estaba bien —respondió mi

madre.

Jorge dio un suspiro:

—¡Alabado sea Dios! No me atrevía a presentarme

en el Colegio de Sordomudos sin tener antes noticias de

ella. Dejaré aquí el bulto y voy en seguida a verla. ¡Ya hace

tres años que no la veo! ¡Tres años sin ver a ninguno de

los míos!

Mi padre me dijo:

—Acompáñalo.

—Perdone, pero quería preguntarle...

Mi padre le interrumpió:

—¿Cómo le ha ido por allá?

—Bien —le respondió él—. He traído algún dinero.

Pero deseaba preguntarle cómo va la instrucción de mi

mudita. Cuando la dejé, parecía una criatura insensible.

¡Pobre hija mía! Yo no tengo mucha fe en esos colegios.

¿Sabe usted si ha aprendido ya a hacer gestos? Mi mu-

jer me decía en sus cartas que aprende a hablar y que

adelanta. Yo digo que poco nos importa que aprenda a

hablar si no podemos entendernos con ella por no saber

hacer los gestos. ¿No le parece? Eso estará bien para que

los mudos se entiendan entre sí...

Mi padre se sonrió y le dijo:

—No quiero adelantarle nada. Ya verá usted lo que

hay. Vaya, vaya a verla, sin pérdida de tiempo.

Salimos. El colegio está cerca. Por el camino el jardi-

nero me fue hablando mostrándose a cada paso más pe-

simista.

—¡Pobre Luisita mía! ¡Qué fatalidad nacer con esa des-

gracia! ¡Pensar que nunca me he oído llamar padre, ni ella

ha oído la palabra hija, ni ninguna otra! ¡Ah! Y puedo dar

gracias, que un señor caritativo le ha costeado la estan-

cia en el colegio. Pero... no ha podido ir antes de los ocho

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años. Hace tres años que no está en casa. Va a hacer once.

¿Ha crecido? ¿Está contenta?

—Pronto lo va a ver —le contesté, apretando el paso.

—¿Pero donde está el colegio? Mi mujer la llevó a él

cuando yo estaba ausente. Debe estar por aquí.

Habíamos llegado a la puerta. En seguida fuimos al

locutorio.

Se presentó en seguida un asistente.

—Yo soy el padre de Luisa Voggi —dijo el jardine-

ro—. Desearía verla cuanto antes.

—Ahora están en recreo —contestó el empleado—;

se lo diré a la profesora.

El jardinero ya no podía hablar ni estarse quieto. Mi-

raba los cuadros de las paredes sin ver nada.

Se abrió la puerta y entró una maestra vestida de ne-

gro con una chica de la mano.

Padre e hija se miraron un momento y luego se abra-

zaron con gran efusión.

La chica llevaba una bata de tela con rayas blancas y

de color rosa y un delantalito blanco. Es más alta que yo.

Lloraba y tenía a su padre apretado por el cuello con am-

bos brazos.

Su padre se desasió de ellos y empezó a mirarla de

arriba abajo, con los ojos llenos de lágrimas y tan agita-

do como si acabase de echar una carrera. Luego excla-

mó:

—¡Qué crecida está! ¡Qué guapa! ¡Oh, mi querida, mi

pobrecita Luisita! ¡Mi mudita! ¿Es usted, señora, su maes-

tra? Dígale que me haga sus signos; algo entenderé. Des-

pués ya iré aprendiendo poco a poco. ¿No podría decir-

me algo por gestos?

La profesora se sonrió y dijo en voz baja a la chica:

—¿Quién es este hombre que ha venido a verte?

279

La muchacha, con una voz oscura, gruesa y extraña,

como la de un salvaje que hablase por primera vez nues-

tra lengua, pero pronunciando con gran claridad, y son-

riéndose, contestó:

—Es mi padre.

El jardinero dio un paso atrás, como asustado, y gritó:

—¡Habla! ¿Pero es posible, Dios mío? ¡Me has habla-

do tú, hijita! ¿Cómo se ha operado este milagro?

Y de nuevo la abrazó y le besó tres veces seguidas la

frente.

—¿Cómo me iba a figurar, señora maestra, que ha-

blase diciendo palabras como nosotros, y no con gestos?

—Eso de hablar con gestos, señor Voggi, es un siste-

ma ya anticuado. Aquí aplicamos en método oral. Me ex-

traña que no lo supiera.

—¡Es que he estado fuera tres años, señora! —res-

pondió el jardinero—, y, aunque me lo hayan dicho por

carta, nunca creí que fuera una realidad. Tengo una ca-

beza muy dura, ¿comprende?... Entonces, ¡tú me entien-

des!, ¿verdad, hija mía? ¿Oyes lo que digo?

—¡Ah, no, no, buen hombre! —replicó la profesora—.

No puede oír las palabras ni ningún otro sonido, porque

es sorda total. Pero por los movimientos de sus labios

sabe lo que usted dice. No oye las palabras de usted ni

las suyas, ésa es la verdad; las pronuncia porque le he-

mos enseñado, letra por letra, cómo ha de poner los la-

bios y mover la lengua, así como el esfuerzo que debe ha-

cer con el pecho y la garganta para emitir los sonidos.

El jardinero no comprendió mucho de esa explicación.

Se quedó mirándola boquiabierto, sin llegar a creer lo

que estaba viendo y oyendo.

—Dime, Luisita —preguntó a la hija, hablándole al

oído—, ¿estás contenta de que haya vuelto tu padre? —Y,

levantando la cabeza, se quedó esperando la respuesta.

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La chica le miró, pensativa, y no dijo nada.

El padre se mostró muy contrariado.

La profesora se echó a reír, y luego dijo:

—No le responde, buen hombre, porque no ha visto

los movimientos de sus labios; le ha hablado usted al oído.

Repítale la pregunta poniéndose delante de ella.

El padre, mirándola fijamente, repitió:

—¿Estás contenta de que haya vuelto tu padre y de

que ya no se vaya?

La chica, que había seguido con la vista, muy atenta,

los movimientos de sus labios, tratando hasta de ver el

interior de la boca, respondió con gran soltura:

—Sí, es-toy con-ten-ta de que ha-yas vuel-to y de que

ya no te va-yas nun-ca.

El padre la abrazó impetuosamente, y luego, a toda

prisa, la abrumó a preguntas para cerciorarse de que

podía entenderse con ella.

—¿Cómo se llama mamá?

—Anto-nia.

—¿Y tu hermanita?

—Ade-laida.

—¿Cómo se llama este colegio?

—De sordo-mudos.

—¿Cuántos son diez y diez?

—Vein-te.

Cuando creíamos que iba a reírse de alegría, de pron-

to se echó a llorar. Pero sus lágrimas eran, indudablemen-

te, de gozo, no pudo contenerse.

—¡Mucho ánimo! —le dijo la profesora—. Tiene us-

ted motivos para alegrarse y no llorar. ¿No ve que hace

llorar también a su hija? Bueno, en total, que está usted

contento, ¿no es así?

El jardinero estrechó fuertemente la mano de la pro-

fesora y se la besó dos o tres veces, diciendo:

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—Gracias, gracias, muchas gracias, señora maestra,

y perdone que no sepa decirle otra cosa.

—Además de hablar —repuso la profesora— su hija

sabe escribir, hacer cuentas; conoce el nombre de los ob-

jetos corrientes. Sabe algo de historia y de geografía. Aho-

ra está en la clase normal. Cuando haya cursado los otros

dos años, sabrá mucho, mucho más. Saldrá de aquí en

condiciones de ejercer una profesión. Ya tenemos sor-

domudos colocados en comercios que sirven a los clien-

tes y cumplen tan bien como los demás.

El jardinero quedó todavía más sorprendido que an-

tes. Parecía que de nuevo se le confundían las ideas. Miró

a su hija y se rascó la frente. Por su expresión, deseaba

más explicaciones.

La profesora se dirigió entonces al empleado y le dijo:

—Llame a una niña de la clase de preparatorio.

El hombre volvió poco después con una sordomuda

de unos ocho o nueve años, que hacía poco había ingre-

sado en el colegio.

—Esta chiquita —dijo la profesora— es una de aque-

llas a las que enseñamos lo más elemental. Fíjese cómo

se hace. Quiero hacerle decir e. Preste atención.

La profesora abrió la boca como se pone para pronun-

ciar dicha vocal, e indicó a la niña que abriese la boca de

igual manera. La pequeña obedeció. La profesora, por

medio de señas, le pidió que emitiera el sonido. Ella lo

hizo, pero en vez de e dijo o.

—No, no —le advirtió la profesora—; no es así.

Y cogiendo ambas manos a la niña, le puso una de ellas

abierta sobre la garganta, y la otra en el pecho. Repitió: e.

La niña, que había percibido en sus manos el movi-

miento de la garganta y del pecho de la profesora, vol-

vió a abrir la boca y pronunció perfectamente la e. De

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