El Viaje a Chile

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10 de noviembre de 1971
Santiago de Chile

Fidel y Allende

«Disparen sobre Fidel»

ha ordenado la CIA a dos de sus agentes. Sólo sirven para ocultar pistolas automáticas esas cámaras de televisión que hacen como que filman, muy atareadas, la visita de Fidel Castro a Santiago de Chile. Los agentes enfocan a Fidel, lo tienen en el centro de la mira, pero ninguno dispara.

Hace ya muchos años que los especialistas de la División de Servicios Técnicos de la CIA vienen imaginando atentados contra Fidel. Han gastado fortunas. Han probado con cápsulas de cianuro en el batido de chocolate y con ciertas infalibles pildoritas que se disuelven en la cerveza o el ron y fulminan sin que la autopsia las delate. También lo han intentado con bazukas y fusiles de mira telescópica y con una bomba de plástico, de 30 kilos, que un agente debía ubicar en la alcantarilla, bajo la tribuna. Y han usado cigarros envenenados. Prepararon para Fidel un habano especial, que mata apenas toca los labios. Como no funcionó, probaron con otro habano que provoca mareos y aflauta la voz. Ya que no conseguían matarlo, trataron de matarle, por lo menos, el prestigio: intentaron rociarle el micrófono con un polvo que en pleno discurso provoca una irresistible tendencia al disparate y hasta le prepararon una pócima depilatoria, para que se le cayera la barba y quedara desnudo ante la multitud.


Playa Girón

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17 de abril de 1961
Bahía de Cochinos

A contraviento,

a contrapelo, siempre de ida, nunca de vuelta, la revolución cubana continúa escandalosamente viva a no mas de ocho minutos de vuelo de Miami.

Para acabar con la insolencia, la CIA lanza una invasión desde Estados Unidos, Guatemala y Nicaragua. Somoza II despide en el muelle a los expedicionarios. El Ejército Cubano de Liberación, que la CIA ha fabricado y puesto en funcionamiento, está formado por militares y policías de la dictadura de Batista y por los desalojados herederos de las plantaciones de azúcar, los bancos, los diarios, los garitos, los burdeles y los partidos políticos.

¡Tráiganme un par de pelos de la barba de Castro!— les encarga Somoza.

Aviones de los Estados Unidos entran en el cielo de Cuba. Están camuflados. Llevan pintada la estrella de la Fuerza Aérea Cubana. Los aviones ametrallan, volando bajo, al pueblo que los saluda, y descargan bombas sobre las ciudades. Tras el bombardeo, que prepara el terreno, los invasores desembarcan en los pantanos de la Bahía de Cochinos. Mientras tanto, el presidente Kennedy juega golf en Virginia.

Kennedy ha dado la orden, pero había sido Eisenhower quien había puesto en marcha el plan de la invasión. Eisenhower había dado su visto bueno a la invasión de Cuba en el mismo escritorio donde antes había aprobado la invasión de Guatemala. El jefe de la CIA, Allen Dulles, le aseguró que acabaría con Fidel Castro como había acabado con Arbenz. Sería cosa de un par de semanas, día más, día menos, y el mismo equipo de la CIA se haría cargo del asunto: los mismos hombres, desde las mismas bases. El desembarco de los libertadores desencadenaría la insurrección popular en la isla sometida a la tiranía roja. Los espías norteamericanos sabían que el pueblo de Cuba, harto de hacer colas, no esperaba más que la señal de alzarse.

Playa Girón

Fidel en Playa Girón

La segunda derrota militar de los Estados Unidos en América Latina

En tres días acaba Cuba con los invasores. Entre los muertos hay cuatro pilotos norteamericanos. Los siete buques, escoltados por la Marina de Guerra de los Estados Unidos, huyen o se hunden en la bahía de los Cochinos.

El presidente Kennedy asume la total responsabilidad por este fiasco de la CIA.

La CIA creyó, como siempre, en los informes de sus pícaros espías locales, que cobran por decir lo que gusta escuchar; y, como siempre, confundió la geografía con un mapa militar ajeno a la gente y a la historia. Las ciénagas que la CIA eligió para el desembarco habían sido el lugar más miserable de toda Cuba, un reino de cocodrilos y mosquitos, hasta que la revolución llegó. Entonces el entusiasmo humano transformó estos lodazales, fundando en ellos escuelas, hospitales y caminos. La gente de aquí fue la primera en poner el pecho a las balas, contra los invasores que venían a salvarla.

La Habana

Retrato del pasado

Los invasores, parásitos y verdugos, jóvenes millonarios, veteranos de mil crímenes, responden a las preguntas de los periodistas. Nadie asume la responsabilidad de Playa Girón ni de nada; todos eran cocineros en la expedición.

Ramón Calviño, célebre torturador de los tiempos de Batista, sufre amnesia total ante las mujeres por él golpeadas y pateadas y violadas, que lo reconocen y lo increpan. El padre Ismael de Lugo, capellán de la brigada de asalto, busca amparo bajo el manto de la Virgen. El había peleado del lado de Franco en la guerra española, por consejo de la Virgen, y ahora ha invadido Cuba para que la Virgen no sufra más contemplando tanto comunismo. El padre Lugo invoca una Virgen empresaria, dueña de algún banco o plantación nacionalizada, que piensa y siente como los otros mil doscientos prisioneros: el derecho es el derecho de propiedad y de herencia; la libertad, libertad de empresa. La sociedad modelo, una sociedad anónima. La democracia ejemplar, una asamblea de accionistas.

Todos los invasores han sido educados en la ética de la impunidad. Nadie reconoce haber matado a nadie. Y al fin y al cabo, tampoco la miseria firma sus crímenes. Algunos periodistas les preguntan sobre las injusticias sociales, pero ellos se lavan las manos, el sistema se lava las manos: los niños que en Cuba y en toda América Latina mueren a poco de nacer, mueren de gastroenteritis, no de capitalismo.

Washington

¿Quién invadió Cuba? Un diálogo en el Senado de los Estados Unidos

Senador Capehart — ¿Cuántos aviones teníamos?

Allen Dulles (director de la CIA) — ¿Cuántos tenían los cubanos?

Senador Sparkman — No, los americanos, ¿Cuántos?

Dulles — Bueno, se trata de cubanos.

Sparkman — Los rebeldes.

Dulles — Nosotros no los llamamos rebeldes.

Capehart — Quiero decir: las fuerzas revolucionarias.

Sparkman — Cuando él preguntó cuántos aviones teníamos, se refería a eso, a las fuerzas anti-Castro.

Richard M. Bissell (sub-director de la CIA) — Empezamos, señor, con dieciséis B-26...

26 de julio de 1953

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18 de diciembre de 1956
Al pie de la Sierra Maestra

Los doce locos

Una semana pasan sin dormir, vomitando, apretados como sardinas en lata, mientras el viento norte se divierte jugando con el barquito Granma. Después de mucho subibaja en las aguas del Golfo de México, desembarcan en lugar equivocado. A poco andar los barre la metralla o los queman vivos las bombas incendiarias.

Casi todos caen en la matanza. Los sobrevivientes caminan orientándose por el cielo, pero se confunden de estrellas. Los pantanos les tragan las mochilas y las armas. No tienen para comer más que caña de azúcar y van regando a su paso el bagazo delator. Pierden las latas de leche condensada, por llevarlas con los agujeritos para abajo. En un descuido mezclan con agua de mar la poca agua dulce que les queda. Se pierden, se buscan. Al fin un grupito descubre a otro grupito en los acantilados, por error, y así se juntan los doce salvados de la aniquilación.

Estos hombres o sombras tienen en total siete fusiles, unas pocas municiones mojadas y muchas llagas y heridas. No han cesado de meter la pata desde que empezó la invasión. Pero esta noche está el cielo blanco de estrellas y se respira un aire más fresco y limpio que nunca, así que Fidel dice, plantado ante las lomas de la Sierra Maestra:

Ya ganamos la guerra. ¡Se jodió Batista!

2 De Diciembre la Habana 1956

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2 de diciembre de 1956
La Habana

El yate Granma

Noticiero

El ejército cubano ha desbaratado una expedición armada proveniente de México. El ejército tendió un cerco en torno a los invasores y los ametralló y bombardeó por tierra y aire, en un lugar llamado Alegría de Pío, en la provincia de Oriente. Entre los numerosos muertos figuran Fidel Castro, cabecilla de la banda, y el agitador comunista argentino Ernesto Guevara.

Tras haber disfrutado de una larga temporada en la ciudad de Nueva York, han regresado a La Habana el doctor Ernesto Sarrá y su gentilísima y elegante esposa Loló, figuras del más alto rango en los círculos sociales de esta capital.

También desde Nueva York, ha llegado Bing Crosby. Sin quitarse el gabán ni el sombrero de castor, el popular cantante declaró en el aeropuerto: He venido a Cuba a jugar al golf.

Una joven habanera estuvo a punto de ganar el premio máximo en el certamen «Escuela de TV», pero se retiró al contestar la penúltima pregunta. La última, que quedó sin respuesta, era: ¿Cómo se llama el río que atraviesa París?

Extraordinario programa se correrá mañana en el hipódromo de Marianao.

Julio 26 de 1956 Cuba

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26 de julio de 1953
Santiago de Cuba

Fidel Castro durante el juicio por el asalto al cuartel Moncada

Fidel

Al alba del 26 de julio, se lanza al asalto del cuartel Moncada un puñado de muchachos. Armados de dignidad y cubanía y unas pocas escopetas de cazar pajaritos, se baten contra la dictadura de Fulgencio Batista y contra medio siglo de colonia mentida de república.

Algunos, pocos, mueren en la batalla, pero a más de setenta los remata el ejército al cabo de una semana de tormentos. Los torturadores arrancan los ojos de Abel Santamaría y otros prisioneros.

El jefe de la rebelión, prisionero, pronuncia su alegato de defensa. Fidel Castro tiene cara de hombre que todo lo da, que se da todo, sin pedir el vuelto. Los jueces lo escuchan, atónitos, sin perder palabra, pero su palabra no es para los besados por los dioses: él habla para los meados por los diablos, y por ellos, en nombre de ellos, explica lo que ha hecho.

Fidel reivindica el antiguo derecho de rebelión contra el despotismo:

Primero se hundirá esta isla en el mar antes de que consintamos en ser esclavos de nadie…

Majestuoso, cabecea como un árbol. Acusa a Batista y a sus oficiales, que han cambiado el uniforme por el delantal del carnicero. Y expone el programa de la revolución. En Cuba podría haber comida y trabajo para todos, y de sobra:

No, eso no es inconcebible…

[ Noticiero ]

[ Texto completo de La Historia me absolverá ]